Tus besos vagan,
en mi mirada perdida.
Tu aroma llena,
mi deseo de carne.
No reveles a tu vida,
la idiotez amarga.
Busco,
ser cliente habitual,
de tu piel color azúcar.
Ten piedad,
de mi partida hacia la verdad.
No tiene retorno.
Me envuelve en sus plásticos,
la angustia desafiante,
el palpito negro,
de nuestros cuerpos faltos de protección.
Aquel día de enero.
Aquella tarde de marzo.
Esa noche de lobos,
de cenicientos;
acaban su desnudes,
en el momento preciso
en que la puerta,
que tantas veces,
ha callado nuestros instintos,
es la llave feudal
que abre la excitación,
por el miedo,
por lo temido;
lo no permitido,
lo insaciable de mis labios,
lo abismal de los ojos,
cansados.
Averiguo en tu voz,
tu anhelo,
de no dejar
de ser parte de mi,
ni un respiro.
Deseas la eternidad,
de mis sentidos a tu merced;
me recojo en sollozos,
no te alejes del sueño.
El humo verde,
sacia la nueva oportunidad,
deja relucir otra vez,
la desenfrenada pasión;
de poses,
sentimientos,
éxtasis,
lujuria,
amor,
rapto,
libido,
mas libido,
tanto es mi placer,
que redundo ávido
en las evacuaciones de querer.
Murmullos
son ahora,
la fase fonética,
de la costa aguada,
de las sabanas cómplices,
de ti,
de mi.
Aprendamos,
de quienes nos envidian,
y no permitamos,
prendan velas,
en nuestro funeral
de placeres emanados.


